2×03 Hannibal: Hassun

 

Se inició el juicio en contra de Will Graham por los asesinatos de las jóvenes de Baltimore. Diversificación de las culpas, exceso de estrés y una manifestación de amistad sintetizan la presencia del ex analista FBI en el sillón de los acusados.

Jonathan Navarro (@BartonWBickle)

Siento que en Hannibal todos somos títeres (me incluyo como espectador) de una persona que siempre está dos o tres pasos adelante. Lo único que está haciendo es cumplir su plan para tejer una leyenda de satisfacción; ser un dios que lo controla todo.

En primera instancia, y en medio de los primeros pasos del juicio en contra de Will, todo parecía tomar un rumbo favorable. La culpa por los asesinatos de Baltimore se estaba diversificando entre el mal manejo de Jack Crawford, y porque el propio Lecter entregó un espaldarazo a la “no culpabilidad” del rol de Hugh Dancy. Una prueba de “amistad” que establece que nuestro protagonista es el puto dominador, a pesar de que Graham ya se había demostrado reticente (o cachudo) de ser amigo de un ser tan oscuro.

“Hassun” prosigue la melodía armoniosa-perturbadora de asesinatos pomposos. El alguacil del proceso judicial, Andrew Sykes, fue la víctima de un supuesto “seguidor” de Graham. El hombre fue baleado, insertado en los cuernos de un ciervo y fisurado. Incluso perdió una oreja. Además el sitio donde fue hallado fue incendiado por un mecanismo de relojería. Mera propaganda para rescatar todo lo que supuestamente hizo Will con sus víctimas.

Aunque en el juicio se destaque la memoria visual del ex asesor FBI y su gran inteligencia, el mejor de todos, el que tiene potentes recuerdos y excelentes ideas para sanear sus deseos psicopáticos es Hannibal. La sonrisa socarrona del papel de Mads Mikkelsen resume hasta ahora cada paso en falso y cuán erróneo puede estar una investigación que sindica como único acusado a Graham. Fue un lujo porque además el actor de origen danés se lució en el estrado manifestando públicamente su especial afecto ante el convicto.

Es un capricho. Una necesidad. Una demostración competitiva (aunque por ahora corre solo) de quién es más meticuloso a la hora de matar, crear majestuosas escenas de decesos y eliminar elementos incriminatorios. Espíritu de trascendencia. Por tanto, el segundo homicidio, en este caso del juez, concluyó con una figura del equilibrio de la justicia, un corazón y un cerebro. Una manifestación artística que al mismo tiempo postergó cualquier progreso en la defensa del ex analista o atisbo de veredicto a favor de su “inconciencia” o su “no culpabilidad”.

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