1×12 Hannibal: Releves

Honestidad en estado cruel. Hannibal demuestra uno de sus valores en un momento preciso. La maquinación Lecter tiene una víctima clara: Will Graham. El analista que había mostrado una mejoría, volvió a la confusión y al sinsentido.

Jonathan Navarro (@BartonWBickle)

Will Graham se mostró como el hombre con un don especial y con un problema de salud en progreso. Hasta “Releves”, el diagnóstico de encefalitis diluyó el talento de este forense para reconstruir escenas del crimen. Su debilidad y falta de respuestas cedió a Hannibal una casi parental protección con el integrante del FBI. Y Lecter dejó en claro que su empatía, su disposición psiquiátrica y su gastronómica amistad son parte de una manipulación perfecta.

El rol de Hugh Dancy está en el hospital luego de haber matado al Dr. Gideon. Ahí deambula y comparte momentos con Georgia Madchen. La joven que padece un síndrome que la hace pensar que está muerta. Ella está en rehabilitación.

Georgia, que estaba en una cámara de oxígeno, fue víctima de su conocimiento. En ese lugar encontró una peineta. Cuando empezó a utilizarla, la fricción generó un incendio inmediato. A pesar de su inestabilidad, ella era una testigo sin quererlo de la psicopatía de Lecter. De todas las muertes de la sesión, esta fue la más alejada del estilo Hannibal.

La forma en que murió Georgia descolocó a Will. Sabe que la persona que provocó su final, fue la misma que terminó con la vida del Dr. Sutcliffe. El analista luce iluminado. Estableció una conexión entre el imitador de Garrett Jacob Hobbs, el “Copycat” y el sujeto que mató al Dr. Sutcliffe. La interpretación onírica que hace Will en este caso cobra preponderancia.

Jack Crawford no sabe si está lidiando con una persona muy enferma o con un genio. En una charla con Hannibal se queda inmutable. Como dando vueltas y reinterpretando las palabras de Lecter. Ese instante lo motiva a entrevistar a la Dra. Dumaurier. Se hace público el rol de Gillian Anderson, como la misteriosa psiquiatra del papel de Mads Mikkelsen.

Crawford cree que Hannibal oculta información referente a la investigación. Habla de ese tema con Dumaurier. A medias verdades Dumaurier asoma como otra atormentada de las manipulaciones de Lecter.

La hipótesis que planteó Graham ante una posible conexión entre asesinos, los cuales se conocían, motivó al director FBI a tomar un detallado mapa de los lugares que visitó y las llamadas que realizó Jacob Hobbs. Tarea tardía, que quizás tenía mayor sentido antes, cuando recién se había dado el caso del cazador.

Will quiere ir por el imitador. Se sostiene en una proyección mental donde pudo unir intenciones. El Graham 2.0 no cree en pruebas de ADN, ni en huellas dactilares. Tiene la certeza que alguien maquinó cada asesinato, los copió y los acumuló a su agenda personal. El analista incluso cree que inculpar a Georgia no estaba en los planes del homicida. El objetivo siempre era él.

Hannibal se disgusta en silencio de la seguridad de su paciente. Pero nada es tan grave. Deberá con un poco de esfuerzo atar cabos. Lecter ve cómo sus pulcros movimientos se comienzan a ensuciar.

Más tarde, El psiquiatra expone “lo peligroso” que puede ser el forense FBI ante Jack Crawford. Éste no le habla de la peripecia que quiere hacer Will, en compañía de Abigail, para ir por el imitador. Sólo advierte el marcado desorden mental que está sufriendo el analista. La jugada se concreta. Hannibal revela una grabación entre médico-paciente de Will. En ella Graham dice sentirse culpable por una de las víctimas del imitador. Crawford comienza a hilar más fino.

Will y Abigail viajan a la casa de astas. Lugar de Jacob Hobbs. El ambiente tenso que genera ese templo taxidermista sirvió para colocar el conflicto y la verdadera preponderancia entre esta pareja. Abigail es una víctima, a pesar de su colaboración directa con su padre. Sin embargo todo fue otra proyección de Graham. Los síntomas regresan.

Abigail huyó de la inestabilidad de Will. Se reúne con Hannibal, lo ve como su refugio. Aquí se expresa el valor supremo. Lecter le confiesa sus crímenes. Augura el destino de un confundido Will Graham y de cómo terminará Hobbs. Con una tranquilidad, un abrazo psicótico y una revelación de congénita curiosidad, el psiquiatra le dice que ya no podrá seguir con vida.

El valor de la brutal sinceridad se agradece. Y más cuando se aproxima el final de temporada con un Graham prácticamente ausente y con un Hannibal ordenando el breve desorden que provocó el desorientado protagonista.

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