1×04 Gotham: Arkham

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Arkham llegó para quedarse. La guerra se desató pero encontró tregua en una desesperado hombre público. Gotham, por su parte, empieza a mostrar su verdadera cara, esa llena de miseria, corrupción y planes por doquier. El juego, además, tiene un nuevo protagonista.

Cristóbal Meléndez Martin

Dentro del mundillo seriéfilo hay una consigna que ha ido tomando fuerza. Se habla, se escribe, se lee, que una vez visto el cuarto capítulo de un estreno uno puede empezar a sacar conclusiones, a ver si seguirá viendo el producto o si finalmente se bajará del barco. Arkham, el cuarto capítulo de Gotham me reafirma mi propia premisa, esta serie vale la pena seguir viéndola.

Es que una de las grandes conclusiones que he sacado tras sus primeros episodios es que cuenta con más virtudes que defectos, y como dije en la review del piloto, no soy un seguidor de los cómics, por lo cual ver un producto como este desde esa perspectiva ayuda a reflexionar de manera más tranquila.

Ya lo habían mencionado pero acá vimos más explícito el nombre de Arkham, ese lugar que los Wayne querían ocupar para crear hogares para los más necesitados y que Falcone y Maroni están dispuestos a todo para obtener su pedazo de terreno. El capítulo se mueve en esa arista, con un sicario independiente que empieza a eliminar concejales según su bando y voto para el proyecto. Cobblepot lo advirtió en el comienzo: “se aproxima una guerra”. Esa palabra hizo eco en un Gordon que entiende la situación reinante y cómo la ciudad de va convirtiendo en un terreno de nada y nadie. Si incluso dos bellas mujeres están dispuestas a pelearse entre ellas para obtener un puesto de trabajo con Fish.

En este episodio vemos por fin esa Gotham angustiante, corrupta y miserable. Pero no sólo eso, ya que vemos al Cobblepot en todo su esplendor. Este personaje, y al parecer los encargados de la serie lo notan, se roba la película. El hombre empezó su propio juego, tratando de ganarse la confianza de Gordon y la de Maroni. Genial fue ir descubriendo poco a poco que él estuvo a cargo del asalto al restaurante, haciendo creer que habían sido hombres de Falcone. El tipo va demostrando una inteligencia, audacia y una elegancia para actuar que lo convierten en el hombre de la serie.

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De igual manera Arkham tuvo a mí parecer un punto débil: el desarrollo de la historia del sicario. Este profesional se presentó bien, con esa particular herramienta para deshacerse de sus víctimas. El problema radicó en la escena en que Gordon y Harvey llegan a su lugar de trabajo, donde este se está haciendo pasar por otra persona. Todo se pudo haber solucionado de mejor manera si James lo atrapaba, estaba ahí, a su alcance. Lo bueno que rápidamente arreglaron la situación con lo sucedido en la casa del alcalde, donde supieron traspasar acción, la primera gran “batalla” de la serie estuvo a gran nivel.

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Al final, con el alcalde sabiendo el peligro que significa estar en medio de las dos mafias, decide entregarle un terreno tanto a Falcone y Maroni, para que pongan su instituto mental y lugar de desechos, respectivamente. Bruce Wayne, testigo de esto, y sabiendo que sus padres veían ese lugar como la esperanza para los ciudadanos de Gotham recibe el primer paso para entender que en sus manos puede estar la salvación para la ciudad. Un James (dejaré por esta vez todo su rollo con Bárbara) que ya tiene el concepto de guerra metido en la piel, invita al joven Wayne a no bajar los brazos y empezar a perseguir ese sueño del “salvador”. Por qué no intentar hacerlo.

“¿Tu crees que Gotham puede ser salvada?”

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